Desfile de aromas

En este lugar me estoy haciendo a la costumbre de levantarme mucho más temprano e irme caminando al trabajo. A medio día regreso al lugar en el que nos estamos quedando a comer y regreso de nuevo a terminar el día. Cada tramo es de alrededor un kilómetro y pico, por lo que estimo que diariamente camino por lo menos alrededor de 5 kilómetros. Esta cantidad supera en 4.5 kilómetros lo que normalmente estaba acostumbrado en el lugar anterior. Un mes después, los resultados se sienten, aunque no se ven todavía. 

Haciendo el mismo recorrido unas cuatro veces diarias, uno se va familiarizando con los lugares, los sonidos, los olores, las rutas aleatorias, las esquinas en las que es más sencillo cruzar y dónde no te pega el sol tan de frente por la mañana. Si bien las primeras impresiones que percibí en este lugar fueron visuales y auditivas, lo que más me ha llamado la atención en el ir y venir de todos los días es la cantidad de olores distintos que puedo percibir en un solo tramo del camino. 

Empiezo con la gente, a quien le encanta ponerse lociones y perfumes. Cuando uno cruza por una parada de autobús tiene la sensación que está cruzando por un hermoso jardín lleno de flores aromáticas en todo su esplendor. Unos huelen a jaboncito, otros a spray para pelo, a goma de mascar, a maderas, cítricos y a desodorante deportivo "brisa marina refrescante". Las mujeres son un poco más llamativas porque el rango de sus olores es mucho más extenso. Vainilla, citricos, una docena de aromas florales, frutales y ese rastro astringente de ciertas colonias que se te queda pegado en la base de la garganta. Incluso la gente en sus ropas deportivas, todas sudorosas de su carrera matinal, huele terriblemente bien. Por la tarde, el humor de la gente se vuelve más complejo, ya que se mezcla con el sudor y las feromonas de cada persona, algunas otras huelen a cigarro fresco o viejo (o repelente para Sobes, como le llamo). 

Fuera de eso, cada esquina tiene su propio aroma. Por las mañanas, los botecos (denominación de la cocina económica-café-bar local, que están en casi cada esquina) huelen a café y a sandwiches de jamón con queso. Las tiendas de pasteles huelen a naranja con royal y la pescaderia huele a pescado fresco. Invariablemente de la hora del día siempre hay un restaurante que huele a pan recién horneado. 

Peor aún, el paisaje olfativo cambia de día a día. Los martes y sabados son días de "feijoada", una preparación de frijol con carne grasosita (la vez que lo probé traía costilla de res con tocino) que se sirve con arroz y harina frita o farofa. Durante esos días, tan solo asomar la nariz a la calle, se puede percibir el olor de la preparación culinaria por todo el lugar. En ocasiones el olor de la comida es tan fuerte que sobrepasa el de la gente adornada con flores lista para trabajar. 

Lamentablemente no todos los olores son deliciosos. El escape de automóvil es el olor base de cada escenario paulista. La de la basura en la calle, en canastas metálicas, esperando a que pase la recolección de basura es otro. En callejones selectos, la urea y el amoniaco son penetrantes, y en ocasiones otro olor orgánico del mismo origen me obliga a tener que bajar los ojos para saber donde piso. 

Todas estas impresiones son nuevas para mi, por lo que me es inevitable hacer la comparación con la pequeña ciudad canadiense en la que vivía y que solo tenía un 2% de la población de esta urbe. El choque urbano es agresivo y completamente contrastante con lo que estaba acostumbrado a tener. Aún así esto tiene su lado emocinonante y tranquilo. Después de todo, nací siendo un animal urbano, y dentro de mí está esa raíz latente. 

Comentarios

Maricarmen Rubio ha dicho que…
Que increíble experiencia!!!
Gracias por compartir!!!
Saludos
Maricarmen Rubio ha dicho que…
Que increíble experiencia!!!
Gracias por compartir!!!
Saludos
chanito ha dicho que…
correccion: la pescaderia huele a mujer

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